Sermon by: aeadmin

20 enero, 2020

Día a día nos levantamos y lo primero que hacemos es encomendar nuestro día a Dios por medio de la oración perfecta que su hijo Jesús nos enseñó cuando estuvo junto a nosotros, “El Padre Nuestro”. Y es la oración perfecta,  porque nos dice y determina lo que Dios quiere de Nosotros y como debemos de actuar como verdaderos cristianos, es decir, como otro Cristo.

A lo largo de nuestra vida planificamos, el cronograma de las actividades en el trabajo, las vacaciones de verano, la visita a un familiar que no vemos hace tiempo, la profesión que decidimos estudiar, el día de nuestra boda, cuantos hijos vamos a tener, entre otras cosas. Planificamos todo, excepto nuestra vida espiritual.

En Mateo 5, 48 Jesús nos dice: “ustedes, pues sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”, de ahí surgen preguntas importantes, ¿puedo yo ser perfecto? ¿cómo debemos conducir nuestra vida para ser perfectos? Estas preguntas nos hacen reflexionar sobre la vida que llevaron nuestros hermanos mayores “los santos de la Iglesia”.

Si leemos la vida de cada uno de ellos, observaremos que no hicieron nada extraordinario, solo hicieron lo que Señor les pedía, es decir, la voluntad de Dios. Pero, ¿cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida?, ¿qué quiere Dios de nosotros? En Juan 14, 6 Jesús nos dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, y si Jesús es la vida, porque entonces nos alejamos muchas veces de él, porque queremos hacer nuestra voluntad y no le dejamos a Dios ser Dios.

Durante nuestra existencia, a veces no todo sale como lo habíamos planificado, el carro se averió, la novia se arrepintió, el niño se enfermó, un ser querido murió, y otras situaciones que a veces cambian nuestros planes, pero que ya estaban escritos en el Plan de Dios. Pero ¿cómo es posible que Dios siendo un padre tan bueno permita que estas cosas pasen en nuestra vida?

Hermanos, no nos quedemos en el “por qué”, sino que veamos más allá, el “para qué”; que quiere Dios de mí, que me quiere decir, que quiere que deje de hacer. A veces, estamos muy empecinados en hacer las cosas a nuestra manera, que dejamos de lado lo que Dios quiere para nosotros… una vida de santidad.

La santidad según la Madre Teresa de Calcuta es hacer siempre, con alegría la voluntad de Dios. Lo que significa abandonarse totalmente a sus designios como cuando un niño se lanza a los brazos de su padre, lo hace con confianza, con decisión porque sabe que no lo va a dejar caer.

Pedro en su Primera Carta (1,14) nos dice: “Si han aceptado la fe no se dejen arrastrar por sus pasiones como lo hacían antes, cuando no sabían”, y es que a pesar de haber vivido un encuentro con Cristo a través de un retiro, en muchas ocasiones volvemos a caer, tenemos una doble vida y nos dejamos arrastrar por las pasiones desenfrenadas que nos ofrece el mundo, un mundo que día a día nos ayuda a alejarnos de Cristo.

¿Cómo podemos entonces alejarnos del mundo y acercarnos a Dios? Por medio de un Plan de Vida.

¿Qué es un Plan de vida? Es hacer lo que Dios quiere que hagamos, es estar conectados con Cristo todo el tiempo, como la vid y los sarmientos (Juan 15,5) “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada.” Permanecer en Cristo es ser un verdadero ejemplo, es decir, ser testimonio de vida, reflejar a Cristo en nuestra vida y en nuestro accionar, como padres, como hermanos, como hijos, como empleados y como jefes.

Para ser un verdadero testimonio de vida es necesario llevar un programa personal de vida cristiana, un programa que debe ir apegado al proyecto que Dios quiere para nosotros, que sea coherente entre lo que decimos y hacemos… llevarnos a la santidad.

El llevar una vida de santidad es llevar una vida conectada a Cristo, por medio de la oración y la eucaristía diaria, la lectura frecuente de la palabra, visitas constantes al Santísimo, el rezo del Ángelus, del Santo Rosario y el ofrecimiento de obras.

El seguir a Cristo es un gran reto, no es fácil, a veces parece imposible, pero no lo es. Algunos dirán: “Asistir a la Eucaristía y rezar el Rosario todos los días, imposible, nos quedaremos sin hermanos en la Iglesia”; otros dirán: “yo lo hago de vez en cuando, pero todos los días, no se puede”, sin embargo, “Si se puede”, y mientras más lo hagamos, más fortalecidos y preparados estaremos para servir.

Seguir a Cristo es conducir nuestra vida como Cristo quiere, es estar preparado para poder enfrentar lo que nos propone este mundo y vencer las tentaciones diarias. Seguir a Cristo es hacer la santa voluntad de Dios.

¿Estamos preparados verdaderamente para seguir a Cristo? ¿Estamos preparados para hacer la voluntad de Dios y dejar a Dios ser Dios realmente en nuestras vidas? Claro que sí, solo necesitamos la voluntad y la decisión de llevar nuestra vida con coherencia y en gracia, según el plan trazado por Dios.

 

Hnos. Will y Marjorie de Vergara

Esposos y retiristas del Movimiento Juan XXIII

Coordinadores de la Escuela de Formación de Enamorados y Novios